Marcela Zamora y la voz de “Los Ofendidos”

Por Darwin Yaney Mendoza

La amiga Marcela Zamora me expresa que “un documental siempre es sobre una motivación personal por el nivel de implicación que requiere” (M. Zamora, comunicación personal en entrevista conjunta con el Crítico de Cine Cedric Lepine, 16 de Diciembre de 2016).

 

Marce zamoraFoto Festival de cine Costa Rica

En la labor de encontrar la identidad de país, Zamora se ha embarcado en buscar los profundos rostros protagonistas de esa identidad.

Rostros de país, que pueden ser tan metafóricos como el lado positivo y esperanzador en rincones negativos como en calles de muerte y violencia, en una de las regiones que más “sangra” en Centro América (San Salvador). Con el documental “Comandos”, discursa sobre la labor de personas que, en esquinas oscuras llenas de violencia, realizan actos heroicos de rescate. “María en tierra de nadie” encuentra esos rostros silenciados, incluso por los medios de comunicación, y prioriza la problemática de la migración vista a través de la voz femenina. El rostro más humano y lleno de sensibilidad, lo encontramos en “El cuarto de los huesos” donde se registra un amor por la vida, por las por la familia, aún siempre en el tema de la muerte, los desaparecidos y la brutal violencia por las pandillas en El Salvador.

unnamedFoto Casa de América

Y entre una más extensa filmografía nos encontramos con su documental más personal: “Los Ofendidos”. Film que nos permite abrir un espacio de conversación en la temática de la búsqueda de la identidad, tanto individual como grupal. En este sentido, Marcela Zamora nos da la oportunidad de explorar las posibilidades de re significación del yo en un campo individual que, a su vez, se traspasa a un colectivo que toma cuerpo como país (El Salvador) o, probablemente alcance linderos de subcontinente (Latinoamérica).

El documental como una búsqueda sobre el pasado, mantiene una narración contada directamente en primera persona. Explora y construye memoria, la misma Marcela Zamora lo afirma cuando reflexiona que, se “construía como ser humano y como hija, a la vez que construía (este) documental” dando voz a un sector muy sensible de la población salvadoreña.

 

El francés Cedric Lepine, hace notar que esta exploración como hija, es parte también de un duelo por la muerte reciente de su madre, pero al mismo tiempo es un duelo también como país que, después de muchos años, no ha sanado la enorme herida dejada por la guerra. Y Marcela lo admite… que durante la realización de este documental, pudo sentir claramente esa aseveración de tener un duelo personal con relación a su madre y un duelo eterno como país. Este duelo personal, es pues el detonante para la exploración de la figura de su padre, protagonista indiscutible de “Los ofendidos”.

En concreto, es muy significativo que, esta circunstancia que genera la motivación principal para desarrollar esta búsqueda del yo en forma de documental es la llegada a manos de la directora a sus 33 años del “libro amarillo” que contiene rostros de personas torturadas en uno de los momentos más duros de la historia salvadoreña. En este libro, Marcela encuentra para su gran sorpresa, la fotografía de su padre, develando aristas de una historia familiar que nunca se le ha contado; y por ello, en la que ella como hija, jamás ha indagado. Este hecho tiene una enorme dimensión para ilustrar esta dicotomía del “yo proyectado”, en este caso la persona de Marcela Zamora y, en un sentido extendido, en el Salvador como país. Por un lado, una ruptura generacional, que sufre una desconexión de

 

información sobre los horrores ocurridos en la guerra, que es amenazada con nunca poder cerrar ese círculo de dolor al ser borrado por la nefasta acción del olvido. En el momento en que Marcela tiene ese libro en la mano, se da cuenta que se está haciendo tarde para poder dialogar con quienes realmente saben qué ocurrió en esos años de tortura, el darse cuenta que una de sus fuentes primarias (su madre) ya no está para responder con la verdad sobre los hechos, urge a Marcela acercarse más, desde una perspectiva emocional, a su padre (Rubén Zamora), quien forma parte de un extenso grupo de personas que todavía pueden dar testimonio de esa verdad y que, probablemente, por buscar paz y tranquilidad para ella y toda su generación, no lo suelen comentar.

Entrando en el análisis fílmico del documental, uno de los recursos conceptuales y a la vez técnicos efectivos en el trabajo de Zamora, es el manejo de varias voces para conducir la narración. Principalmente la película se apoya en las voces de protagonistas (incluyendo a la misma directora), que plantean puntos de vista de sus circunstancias durante ese terrorífico momento y el tiempo inmediatamente posterior al mismo. Estos puntos de vista, gracias al nivel ético de la directora, provienen de los dos lados más opuestos del horror: las víctimas como Rubén Zamora, Juan Romagoza, Miguel Ángel Rogel y Neris González pasando por la perspectiva de los responsables de investigar a fondo esta verdad como el Secretario de Defensa David Munguia Payes y, por el otro lado, el extremo del horror en uno de los torturadores (lógicamente anónimo).

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Los espacios donde se mueve la narración se convierten en otra de las voces protagonistas del documental. Algunos son el reflejo del horror extremo sufrido en esos años (cubículos que sirvieron de espacios de tortura) y también del horror del paso del tiempo por amenaza del olvido. Otros son los espacios familiares domésticos, que se contraponen a ese reflejo del miedo. Una de las secuencias más duras del documental es, como espectadores, acompañar a Neris González a reconocer esos espacios de tortura y reencontrarse con el horror, vemos el impacto lógico de dolor que le produce, pues el proceso de sanación, no ha sido cerrado.

Uno de los puntos importantes del documental es que las generaciones presentes están conociendo la historia del país a través de pronunciamientos oficiales sesgados, puesto que la voz de los verdaderos ofendidos no está teniendo los ecos necesarios para lograr la sanación. En esto, finalmente tenemos la voz de la directora, que no solo es evidente en el lenguaje cinematográfico fluido y maduro que utiliza, sino también su presencia física y su voz propia que cuestiona, y nos cuestiona, el porqué nuestras generaciones no preguntamos sobre nuestro pasado más sensible, la directora propone que puede ser “talvez por pena o tal vez por miedo”. Zamora también reflexiona que debido a esta falta de memoria y falta de cuestionamiento sobre la profundidad de los hechos, esta historia de horror se está repitiendo en nuestros países ahora por otra motivación que involucra el crimen organizado y otras razones, pero que se están volviendo a desarrollar las estrategia de control a través del miedo, al igual que durante la guerra civil, la policía está volviendo a matar y a torturar.

 

De esta forma, el documental plantea el cierre de un círculo sensible en la vida familiar de la directora, y se plantea como un ejemplo que evidencia la necesidad urgente de indagar más profundamente la verdad, sobre el círculo tumultuoso de violaciones de los derechos humanos, producto de la guerra civil en El Salvador, que no ha podido llevarse a cabo y que lo necesita como catalizador para ejecutar una restauración nacional.

 

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